Un Mail de Pablo Jacovkis

Me pareció un buen mail para compartir. Extraje los párrafos más importantes para que no sea tan largo (igual es largo). Si alguien lo quiere entero, que avise por mail.

Querría hacer algunas observaciones políticamente muy incorrectas sobre Medio Oriente, preludio de algunos documentos más elaborados que estoy preparando.

En primer lugar, hay cosas que no tengo muchas ganas de discutir. Si lo
que se discute es sobre la legitimidad de la existencia de un estado judío, a saber Israel, no me interesa.
Es decir, Israel, tanto en cuanto al esfuerzo gigantesco de un grupo de gente excepcional de convertir un desierto en lo que es ahora (…) como en cuanto a la guerra de la Independencia en la que una población total de 600.000 personas, muchas de ellas refugiados sobrevivientes del nazismo, venció a los ejércitos de varios países árabes, de los cuales la Legión Jordana (entrenada por los británicos) era de lejos la fuerza más poderosa en la región, tiene mucha más legitimidad que, por ejemplo, la que tiene Panamá, que fue creado por Teddy Roosevelt, quien impidió que las tropas colombianas recuperaran su legítima provincia, o que la que tiene Uruguay, cuyos 33 Orientales tenían la intención de reanexar la Banda Oriental a las Provincias Unidas, propósito que Gran Bretaña impidió, o la que tiene cualquier país del África Negra con fronteras arbitrarias diseñadas por las potencias europeas imperialistas, o la que tiene Irak, del cual Churchill dijo “A Irak lo
creé yo, un viernes a la tarde, a la hora de la siesta”.

Más concretamente, en orden de “ilegitimidad” primero discutamos llegitimidad de Panamá, luego la de Uruguay, y luego la de todos los países de África Negra y la de Irak (de hecho, el único motivo por el cual la zona kurda de Irak no se independizó es porque los turcos los invadirían para evitar el mal ejemplo en su zona kurda). Y recién después la de Israel.
Y tampoco tengo muchas ganas de discutir el retorno de los refugiados.
No solamente porque los refugiados palestinos fueron un producto de una violación árabe de la resolución de las Naciones Unidas de creación de dos estados, uno judío y otro árabe, decisión aceptada por los judíos (gracias, dicho sea de paso, a la genialidad de Ben Gurion, que convenció a los duros que querían toda Palestina, de que era mejor “un país, aunque sea del tamaño de un mantel” que ninguno) y no por los árabes (que invadieron inmediatamente el flamante estado judío), y que incluso, si hay que indemnizarlos, habrá que tener en cuenta también los refugiados judíos provenientes de los países árabes, que son más o menos la misma cantidad (600.000).

Más concretamente, los refugiados palestinos son refugiados por tres motivos no contradictorios sino confluyentes: por un lado, los que, según la tesis israelí, huyeron hasta que los árabes triunfaran y volvieran (dicho sea de paso, el consejo de Hezbollah de esta semana a los árabes de Haifa de que se vayan de la ciudad va en esa dirección); por otro lado, los que, según la tesis árabe, fueron expulsados o huyeron aterrorizados de
los judíos, y, en tercer lugar – de esto se habla poco – por una razón un
poco  distinta: porque los árabes de Palestina estaban acostumbrados, cuando había una guerra, a guarecerse hasta que terminara, y después volver, con el amo anterior o con otro nuevo, y esta vez el nuevo amo no los aceptó; es decir, estos árabes reaccionaron de acuerdo a su cultura, que lamentablemente esta vez les jugó una horrible mala pasada (las guerras eran para ellos como las inundaciones, uno se guarece hasta que terminan).
Y además, sea porque los judíos son maravillosos y buenísimos y no querían expulsar a nadie, sea porque son malísimos y cobardes y no se animaron a expulsarlos a todos, o sea porque son malísimos y tontos y no fueron capaces de expulsarlos a todos, fracasaron en su limpieza étnica: hay un 18% de árabes en Israel.
En cambio, los judíos de los países árabes, de los que no se habla, tuvieron que irse todos de todos los países árabes (con la honrosísima excepción de Marruecos, de donde se fueron la mayoría, pero mucho después, y no por haber sido echados sino por sentirse incómodos en un país árabe en este conflicto).
Es decir, en todos los países árabes sí hubo limpieza étnica de judíos, no quedó ninguno. (…)
Y si hablamos de indemnizaciones, como el nivel de vida de los judíos de los países árabes (y por consiguiente su patrimonio) era bastante superior al de los campesinos árabes actualmente refugiados, seguramente la indemnización a pagar a los judíos será mayor que a los árabes.
Pero hay otro problema.
Sin contar los refugiados hindúes y pakistaníes después de la independencia de la India (varios millones, que se acomodaron en sus nuevos países), el hipotético retorno de los refugiados árabes a Israel sería un antecedente peligroso para el retorno de refugiados alemanes de la segunda guerra mundial.
Porque en Palestina siempre hubo judíos, muchos o pocos, pero en Prusia Oriental jamás hubo un ruso. Y Koenigsberg (¡la ciudad de Kant!) es ahora Kaliningrado.
Y los alemanes sudetes pueden querer volver a Bohemia. Por eso (entre otras cosas) los países ex comunistas de Europa Central u Oriental, Polonia y la República Checa, son muy prudentes con el asunto de los refugiados y ese tema los pone muy nerviosos (el otro día justamente hubo una fuertísima reacción del gobierno polaco – que hizo responsable al gobierno alemán – contra un acto de una Asociación de alemanes expulsados de Polonia, o
algo así, la información está muy detallada en “Le Monde”). Y eso sí puede echar al traste la unidad europea e incluso provocar la tercera guerra mundial.

En fin, me gustaría discutir, por un lado, cómo encontrar una fórmula de paz con la existencia de dos estados, Israel y Palestina, que cada uno comprenda un poco lo que siente el otro, calmar un poco los odios, etc. Y por otro lado, para ser aun más políticamente incorrecto, me gustaría discutir qué es lo que provoca que Beatriz Sarlo, una mujer presuntamente inteligente, pueda firmar una solicitada cuyo título es “Detengamos el genocidio israelí”. Independientemente de que estoy en contra de los bombardeos israelíes, llamar a 700 muertos, por más horrible que sea esto, genocidio, es muy agresivo e insultante con las víctimas de genocidios de veras.
No hablemos de las víctimas judías, que ya sabemos que no son políticamente correctas. Hablemos del millón y medio de armenios, hablemos de los 800.000 tutsis, hablemos de los 200.000 muertos de Darfour (asesinados por los sudaneses) de los que Beatriz Sarlo ni debe de saber que existen. O los 30.000 muertos de Chechenia.

Es decir, por más criticables que sean las acciones israelíes, discutamos también por qué la izquierda (y en muchos casos la derecha) sólo se interesa por las víctimas cuando
los victimarios, o presuntos victimarios, son judíos. Porque decir que todos los antiisraelíes son antisemitas es muy fácil, y solucionaría todo (intelectualmente, o ideológicamente) si fuera cierto, pero no creo que sea cierto, es mucho más complejo.
Y en esa discusión me gustaría comentar también algo sobre la psiquis israelí.
Dado que conozco gente que justifica los atentados terroristas suicidas en Israel en asilos de ancianos y en cafeterías de Universidades progresistas diciendo “pobrecitos, cómo sufrieron” (cuando en realidad a la larga esa cultura fascista de la muerte le hace muchísimo más daño a los palestinos que a los israelíes), justifiquemos también las barbaridades israelíes con lo que sufrieron los judíos y con su sensibilidad (aclaro
que yo no justifico barbaridades, pero trato de usar la misma vara y la misma medida).
No sólo el trauma de la Shoah (prefiero el término en hebreo, porque Holocausto puede indicar un sacrificio voluntario). Sino qué piensan los israelíes, incluso los progresistas, de Europa. Comentar cómo en la guerra de Iom Kippur todos los países europeos, salvo el Portugal de Salazar, impidieron que los aviones norteamericanos que llevaban suministros a Israel pasaran por sus territorios cuando parecía que los árabes iban a tirar a los judíos al mar y los israelíes necesitaban desesperadamente suministros.

Y no es que esté a favor de los bombardeos israelíes.
Creo que había otras opciones. Por supuesto que algo tenían que hacer los israelíes, no podían dejar que les mataran, en su territorio, a ocho soldados y secuestraran a dos: pensemos en qué diría la gente en Argentina si un comando de un grupo guerrillero boliviano, que controlara la provincia de Tarija, a donde el ejército boliviano no pudiera entrar, invadiera Jujuy y matara a cuarenta y ocho soldados argentinos (esa es la proporción de poblaciones) y secuestrara a doce. Y esa guerrilla tuviera dos ministros en el gobierno de Bolivia, y el Presidente de Bolivia se hiciera el idiota.
Pero Israel tendría que haber aprovechado la coyuntura diplomática que más favorable le era en los últimos treinta y cinco años para encontrar una solución política, posiblemente pacífica.
Y si bien creo que lo que dice la canciller israelí sobre que Hezbollah usa a la población civil como escudos humanos es absolutamente cierto, no se puede esgrimir ese argumento como hacen los israelíes: con ese criterio si tres delincuentes intentan robar un banco, y son descubiertos por la policía, y toman rehenes, la policía debería dispararles aunque mueran los rehenes. (Que, dicho sea de paso, es lo que hicieron los rusos con esa escuela que tomaron los terroristas chechenos y Beatriz Sarlo no firmó nada.)
Otra cosa que me viene a la mente para discutir es (según mi análisis, por supuesto) el derrumbe moral de la izquierda. Si la izquierda, en sus versiones comunista, socialista, e incluso anarquista, pudo tener un prestigio enorme en la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, se debe no a que los obreros entendieran la tasa de plusvalía, o la conciencia en sí, o ninguna de esas categorías, sino a que consideraban a los comunistas, socialistas, y anarquistas como gente de una ética, de una solidaridad y de una capacidad de sacrificio increíbles. Eso se ha perdido.
Cuando los laboristas ingleses de Bradford participaron en la quema de los “Versos Satánicos” de Rushdie (¡en la quema de un libro, como en la época nazi!), porque hay un electorado musulmán importante en Bradford, es algo muy podrido lo que está pasando.
En mi opinión, que Beatriz Sarlo firme esa solicitada indica algo parecido.
Repito: me interesa discutir ese tema sin decir que el que haya firmado esa solicitada es antisemita (de hecho, la firmó un muy querido amigo mío, que cuando le expliqué por qué yo no la iba a firmar pensó y me dijo “En fin, tal vez no debería haberla firmado”).
Bueno, ¿les parece que vale la pena esa discusión o puede irse de madre?

Les mando un abrazo, Pablo

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